Luciano Spalletti celebra victoria de la Juventus en Europa
En Alkmaar no solo se rompió una racha. También se encendió el orgullo de un entrenador que llevaba tiempo masticando críticas. Luciano Spalletti salió del AFAS Stadion con un 2-1 trabajado, una racha europea de 17 partidos invicto del AZ hecha añicos y un mensaje directo a quienes, según él, minimizan todo lo que hace esta Juventus.
Una victoria que pesa más que tres puntos
Sin Weston McKennie, sin Kenan Yildiz y con una lista de bajas que en cualquier otro banquillo serviría como coartada perfecta, la Juventus eligió otro camino: el de la resistencia y la personalidad. Ganó en un campo donde nadie lo hacía en Europa desde hacía mucho, y lo hizo a su manera, sufriendo, defendiendo bajo, saliendo alto, mezclando oficio con momentos de buen fútbol.
Spalletti, sin embargo, detectó un patrón que le irrita: cada vez que su equipo gana, el relato gira hacia lo mismo. El rival era flojo. El rival no estuvo a la altura. El rival esto, el rival lo otro. Y ahí el técnico explotó.
Recordó a NEC, rival al que también se despreció por su puntuación en la tabla, como ejemplo de un discurso que, a su juicio, infravalora tanto a los adversarios como al propio trabajo de la Juventus. Para él, lo de Alkmaar no fue una victoria contra un equipo menor, sino “un gran partido” ante “un equipo muy fuerte”, como subrayó ante Sky Sport Italia. Y se agarró a eso para exigir un cambio de mirada.
Valentía táctica y un final innecesariamente agónico
La noche, sin embargo, no fue perfecta. El marcador lo confirma y Spalletti no lo maquilló. Juventus mandó durante muchos minutos, tuvo el partido donde quiso, pero dejó vivo al AZ. Y cuando dejas vivo a un equipo que lleva 17 partidos europeos sin perder en casa, lo normal es que te haga sudar hasta el último segundo.
El técnico reconoció que su equipo se hundió demasiado atrás en el tramo final. La Juve dejó de salir, se quedó plantada en su propio campo y el gol encajado fue casi una consecuencia lógica. “Si dura cinco minutos más, no la traemos a casa”, admitió sin rodeos. Para él, el encuentro pedía un tercer gol, un golpe definitivo que nunca llegó.
En su lectura, la Juventus viajó a Holanda “con autoridad, fuerza, calidad y también coraje”. No fue una victoria construida en el miedo, sino en la osadía: presiones altas, duelos individuales en campo rival, riesgo calculado. Spalletti señaló incluso cómo Kolo Muani pudo castigar más si encontraba mejores líneas de salida. Y lanzó un dardo suave pero claro a los cambios: futbolistas como Jeremie Boga o Jeff Ekhator, con capacidad para matar el partido al contragolpe, no terminaron de aprovechar los espacios. El equipo se hundió demasiado, se quedó “a medias”, ni atacando ni defendiendo con claridad.
Koopmeiners brilla, pero el entrenador mira al colectivo
El regreso de Teun Koopmeiners a casa acaparó muchos focos. Su actuación, cargada de personalidad ante su antiguo club, invitaba a centrar el relato en él. Spalletti se negó. No quiso héroes únicos. Prefirió hablar de grupo, de engranaje, de piezas que sostienen al resto sin aparecer en los titulares.
Citó a Jhon Lucumi y Pierre Kalulu como ejemplos de ese trabajo silencioso que sostiene un plan ambicioso. Duelos ganados, coberturas, esa “suciedad” táctica que no se ve en los resúmenes pero que permite al equipo ir hombre a hombre en campo contrario, como pretende el técnico. Para Spalletti, esa decisión de ir arriba, de no refugiarse siempre en el bloque bajo, es la verdadera señal de crecimiento.
También aprovechó para reivindicar una figura que el fútbol moderno ha transformado: el portero. Nada de “solo tiene que parar”. En su libreto, el guardameta debe saber jugar con los pies, ofrecer salida, borrar la presión rival con un pase preciso. Es una pieza más en la circulación, no un mero salvavidas bajo palos. En Alkmaar, esa idea se vio en cada balón que salió desde atrás bajo presión holandesa.
Carácter, decisiones y una advertencia al futuro
Por encima de todo, Spalletti se quedó con la cabeza del equipo. Con la mentalidad. Para él, esta Juventus empieza a definirse por una dureza competitiva que no siempre se le reconocía. No es solo cuestión de táctica, sino de actitud: ir a por el rival, jugar en su campo, no esconderse cuando el ambiente aprieta.
Su gran queja no fue el sistema ni el plan, sino el instante del gol encajado. Lo que le molestó fue la falta de decisión. La duda. Esa fracción de segundo en la que nadie se adueñó de la jugada. En su visión, no elegir es peor que equivocarse. Una decisión errónea, al menos, tiene intención; la indecisión entrega la iniciativa al contrario.
En los últimos minutos, la Juventus necesitó algo tan simple y tan complejo como balones retenidos arriba. Un control, una falta provocada, una jugada que enfriara el ímpetu del AZ, que presionó con furia. No siempre lo encontró, pero resistió. Y esa resistencia, a ojos de Spalletti, también cuenta.
El italiano cerró la noche satisfecho “con todos”, incluso con los que no pisaron el césped. Un mensaje interno de unión, pero también externo: esta Juventus, castigada por las bajas y discutida por el entorno, acaba de tumbar a domicilio a un equipo casi inexpugnable en Europa.
La pregunta ya no es si el rival era débil. La cuestión, a partir de ahora, es otra: ¿cuánto más puede crecer esta Juve cuando, por fin, tenga a todos disponibles?






